Modelo SAMR de integración de las TIC

A la hora de establecer un plan de integración de la tecnología en la escuela es conveniente definir un modelo que nos ayude a tanto diagnosticar el estado de nuestro colegio como a diseñar el proceso que mejor nos encaja.

Un modelo clásico es SAMR, propuesto por Ruben R. Puentedura. SAMR son las siglas de Sustitución, Aumento, Modificación y Redefinición, que serían cuatro niveles en los que la introducción de tecnología puede transformar las actividades docentes:

Sustitución: la tecnología se usa como herramienta para realizar las mismas tareas, sin un cambio funcional. Simplemente, son las actividades tradicionales pero realizadas con la ayuda de tecnología.

Por ejemplo, podría ser el uso de material digital en PDF para estudiar un tema. También entraría aquí el uso de libros de textos digitales y, en general, cualquier tipo de estrategia didáctica que se podía realizar sin tecnología pero que tiene una versión TIC.

Aumento: la tecnología nos permite realizar actividades tradicionales, pero enriquecidas o mejoradas funcionalmente por las nuevas posibilidades.

Imagina el contenido del PDF del ejemplo anterior, pero esta vez en una página web, integrando en ella imágenes, vídeos y enlaces a otras páginas para ampliar la información o incluso información presentada de forma más sencilla. De este modo, la tarea de los estudiantes sigue siendo la misma, pero las herramientas tecnológicas dan la posibilidad de crear un material que ofrece múltiples posibilidades de lectura, permitiendo que alumnos con diferentes ritmos o preferencias puedan encontrar su itinerario de estudio del material.

Modificación: el tercer nivel de integración supondría rediseñar significativamente las tareas, es decir, la tecnología nos permite introducir cambios sobre la base de tareas tradicionales pero que antes no eran posibles o muy difíciles.

Este tercer nivel tiene que ver con la posibilidad de combinar medios y que los estudiantes puedan organizar los recursos y los materiales de formas más complejas y personales, generando productos propios de análisis y evaluación. Por ejemplo, podrían usar programas de simulación para estudiar ciertos conceptos y publicar sus conclusiones en un blog. Esto también incluye el uso de herramientas digitales para la organización de información y producción.

Redefinición: el último nivel implica el planteamiento de actividades de aprendizaje que son imposibles sin la existencia de las tecnologías (o inviables para los medios con los que podríamos contar en una escuela). Dentro de ellas podríamos incluir proyectos como la realización de vídeos y programas de televisión o radio, colaboración con estudiantes con otras escuelas, participación en programas globales, comunicación con expertos fuera de la escuela, interacción mediante redes sociales, publicación de contenidos, y un largo etcétera.

La redefinición se produce porque las tareas pasan a conllevar la elaboración de productos significativos que conllevan la realización de productos realistas con una incidencia en el entorno. En suma, esta fase se vincula claramente con una metodología basada en proyectos, aunque no de forma exclusiva.

Los niveles de SAMR se puede agrupar en base a la forma en que afectan al proceso de enseñanza-aprendizaje:

Mejora: incluye las fases de Modificación y Aumento. Las acciones que se clasifican en estos niveles no alteran la esencia de las actividades, sino que las enriquecen o facilitan. Este nivel de mejora se asocia con un proceso de enseñanza basado en la transmisión y reproducción.

Transformación: agrupa las fases de Modificación y Redefinición. Aquí la aportación de las tecnologías permite cambiar la esencia de la propia tarea y en muchos sentidos el modelo cambia el foco desde la enseñanza al aprendizaje desde una perspectiva constructivista, al facilitar la introducción de propuestas en las que los alumnos toman el control. De este modo, la tecnología permite el desarrollo de proyectos relevantes que pueden tener un impacto real en el entorno de los alumnos.

La mayor o menor “cantidad” de uso de tecnología no determina en qué nivel nos encontramos. Así, un curso online realizado en un campus virtual que se base en actividades de enseñanza-reproducción encajaría como mucho en la fase de Aumento, al permitir un manejo diferente de los materiales por parte de los estudiantes, pero no cambiar la naturaleza de la tarea.

En resumen: lo que define el nivel de integración de la tecnología no viene marcado por el tipo o cantidad de herramientas tecnológicas que incorporamos, sino por el cambio pedagógico al que pueden contribuir.

Los estadios o fases pueden vincularse también con la profundidad cognitiva de las tareas, por ejemplo, siguiendo la taxonomía de Bloom. Otra forma de verlo es el modelo TECH de Jen Roberts, pero esto lo dejaré para un artículo futuro.

Para ampliar información sobre este modelo, puedes consultar los artículos siguientes:

SAMR y plan de formación en TIC

Para mí, uno de los aspectos más interesantes de este modelo es su sencillez y su utilidad para diseñar los programas de formación y acompañamiento necesarios para los profesores que van a participar en un programa de integración de las TIC.

El modelo nos permite un diagnóstico gracias al cual podemos identificar las necesidades de formación de los docentes, desde quienes no han iniciado todavía el proceso, hasta aquellos que se encuentran en alguno de los estadios.

Puede haber profesores que aún no estén utilizando la tecnología para trabajar en el aula, aunque es posible que ya la estén utilizando para otras muchas tareas. Otros, pueden estar en una de las fases y nuestros trabajo de orientación o formación puede ser facilitarles el paso a otros niveles que impliquen transformación.

La secuencia de fases nos facilita diseñar un itinerario personalizado de integración. Conociendo la situación de cada docente, podemos ayudarlo a desarrollar actividades de mayor nivel de integración, partiendo justamente de lo que hace actualmente y dándole las pautas y el apoyo necesario para añadir transformaciones que lleven de los modos de trabajo más básicos a los más avanzados.

Sin embargo, hay que tener siempre presente que el modelo de formación en TIC basado en SAMR no se ciñe a los aspectos tecnológicos.

No podemos quedarnos contentos con la idea de que enseñando a manejar unas cuantas aplicaciones o herramientas TIC hemos cumplido con las necesidades de formación necesarias para que la tecnología tenga un impacto significativo en el modelo educativo.

Antes bien, es necesario coordinar la formación TIC con una formación didáctica orientada al conseguir ese cambio de modelo educativo: una didáctica con las TIC.

 

 

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