A propósito de la motivación

Hablamos de alumnos motivados o desmotivados, de técnicas o estrategias para motivar, se menciona la cultura del esfuerzo desde posiciones de caspa pedagógica e incluso hay quien mezcla motivación y amenidad. (Original de 2009)

Esto es debido probablemente a la mala prensa que se ha ganado la psicología de la educación y la pedagogía entre una amplia representación del profesorado. Sin embargo, no podemos permitirnos seguir ignorando el trabajo de la ciencia básica, y sobre todo, seguir sin participar de algún modo en él.

El concepto de motivación se relaciona con los de voluntad, interés y esfuerzo. Lo que es como decir que la motivación indica cuánto queremos hacer algo (voluntad), cuánto nos beneficiamos de hacerlo (interés) y, en consecuencia, cuánta energía y recursos vamos a movilizar (esfuerzo) para llevarlo a cabo. En otras palabras, podría decirse que la motivación es el resultado de analizar cuánta energía estamos dispuestos a emplear en alcanzar ciertos objetivos que se nos proponen en base a los beneficios que podemos obtener en caso de lograrlos. Por supuesto, los beneficios pueden ser de muy diversa naturaleza.

Se suele distinguir entre motivación extrínseca e intrínseca. La motivación extrínseca sería aquella que surge sobre todo de la percepción de los beneficios que se pueden obtener de la conducta: premios, incentivos, dinero, elogios, etc. La motivación intrínseca tendría que ver más con la voluntad, con el querer hacer algo sin que se obtengan recompensas externas evidentes, sentirse satisfecho con el propio trabajo.

¿Por qué no están motivados los alumnos y alumnas?

Sobre el papel hay muchas y buenas razones para querer obtener una buena educación, sobre todo por los beneficios que proporciona en la vida de las personas. En la práctica esto no parece ocurrir, al menos no en todos los casos. La causa puede ser que la relación entre el esfuerzo necesario y los beneficios que se perciben no generan el nivel suficiente de deseo por aprender.

El periodo de escolarización es largo, y sus beneficios a largo plazo no se perciben.

La mayoría de los niños y niñas que comienzan su andadura escolar desean aprender y asistir a la escuela: aprenden cosas interesantes, juegan, conocen nuevos amigos y amigas.

A medida que se avanza en el sistema escolar se pasa de una forma de trabajo basada en situaciones generadoras de aprendizaje, a un estilo de trabajo basado en adquisición de contenidos, en el que los logros son mucho menos visibles a nivel personal.

Las tareas rutinarias, el aburrimiento, los libros de texto con contenidos excesivamente masticados, las tareas que no plantean un reto atractivo contribuyen a la falta de motivación. Por no hablar del profesorado desmotivador.

Además de lo anterior, están los factores sociales. Un entorno que no valora a la escuela o que no puede permitirse valorarla, ayuda a generar una motivación negativa. Las situaciones de marginalidad social, económica o cultural, también se asocian a una baja motivación escolar.

En el modelo de la “cultura del esfuerzo”, esforzarse parece ser la única condición necesaria para llevar a cabo las acciones. Por desgracia, el modelo ignora el problema de la motivación. En realidad ignora todo el planteamiento de la situación, desde la fijación de objetivos, las expectativas de logro o el análisis de los costes, o las situaciones personales.

Los seres humanos nos esforzamos para conseguir aquellos objetivos para los que nos encontramos adecuadamente motivados, objetivos que sean relevantes para nosotros. O dicho en otras palabras: nos esforzamos cuando nuestro deseo de conseguir el objetivo es alto, o cuando los beneficios que obtenemos al conseguir el objetivo son grandes. La pregunta que hay que hacerse ante la falta de esfuerzo debería ser ¿cómo generar la motivación necesaria para activar ese esfuerzo? La respuesta para por examinar los objetivos que proponemos o la recompensa que se puede obtener por el proceso.

La motivación no tiene que ver con la amenidad o la diversión de la tarea. Una actividad no tiene que ser divertida o sencilla para ser motivadora. Una actividad de aprendizaje tiene que conectar con los deseos y necesidades de los alumnos y alumnas, para que ellos se puedan implicar en su realización. La diversión o el disfrute con el trabajo es “subproducto” de la actividad misma.

¿Podemos hablar de actividades motivadoras? La clave es hacer que los alumnos y alumnas descubran que hay buenos motivos para trabajar en lo que les estamos proponiendo, que les afecta de algún modo, que toca sus necesidades, sus deseos, su visión de las cosas, que les permite expresarse, que les implica.

El esfuerzo no basta, tiene que merecer la pena. Realizamos esfuerzos porque esperamos obtener un resultado a cambio. Si sabemos que no vamos a conseguirlo, no vamos a esforzarnos. Si el objetivo no nos interesa, no vamos a esforzarnos.

Las calificaciones no funcionan como forma de motivación. La evaluación debe servir para que quienes aprenden puedan valorar el grado en que han conseguido sus objetivos. Si la evaluación se reduce a calificación, su capacidad motivadora se pierde o incluso se vuelve negativa.

Es necesario crear un entorno que promueva y premie la curiosidad y la creatividad. Podemos plantear los proyectos de trabajo como retos, o como preguntas. Partir de aspectos intrigantes de las cuestiones. Afrontarlos como procesos de investigación. Hay que proponer objetivos de trabajo concretos.

Hay que implicar al alumnado en el proceso de enseñanza y aprendizaje. Es fundamental aprovechar lo que ellos pueden aportar en conocimientos y experiencias, y partir de esa base para ampliar el conocimiento. Confrontar sus ideas con la realidad, para que puedan comprobar su validez y descubrir sus lagunas y sus propias necesidades de aprendizaje.

Es vital aprovechar creativamente los errores, como pasos de un proceso de aprendizaje. Equivocarse es, muchas veces, el motor principal. Ayuda a caer en la cuenta de lo que no sabemos, de lo que necesitamos conseguir. Si prohibimos a los alumnos equivocarse, les impedimos madurar. De hecho, todo aprendizaje comienza por reconocer una carencia, comienza por darnos cuenta de algo que no sabemos, que no conocemos.

Al censurar el error, creamos la idea falsa de que las cosas han de hacerse perfectas al primer intento. Las consecuencias pueden ser desastrosas:

  • Ansiedad e inseguridad ante el riesgo de fallo
  • Formación de falsas expectativas negativas
  • Conformismo, plegarse a la “solución correcta”, depender de manuales y soluciones prefabricadas
  • Perder la oportunidad de explorar nuevas ideas por miedo al fracaso

Que a los alumnos y alumnas les permitamos equivocarse no quiere decir que premiemos hacer las cosas mal. Quiere decir que tenemos que considerar un proceso que no se acaba en la primera respuesta, tienen que ser conscientes de cuándo se equivocan y ser capaces de pensar cómo van a corregir eso.

La confusión puede venir por el sistema de trabajo que todavía mantenemos de evaluar al final de procesos en forma de exámenes, poner una calificación y terminar ahí.

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