La segregación educativa es cosa de tontos o malvados

Creo que solo un tonto o un malvado puede defender una educación segregadora. O un tonto malvado.

Cuando hablamos de segregación solemos pensar en la separación por sexos, pero también hay que incluir la segregación por dificultades de aprendizaje, que aparentemente tiene un pase. Pero solo aparentemente. Es una de esas ideas de sentido común.

Quienes defienden esto hablan de eficiencia educativa. El problema es que eficiencia educativa es un término que no dice nada y lo dice todo. No dice nada porque realmente no sabemos definir la eficiencia educativa. En cambio, es posible que podamos medir la eficiencia instruccional, que es una cosa distinta. Eso es lo que hace PISA y otros índices. Pero si hacemos un símil, las pruebas PISA nos dicen de la educación, lo que la talla del pie nos dice de una persona. Lo dice todo porque quienes desean ese tipo de eficiencia educativa, buscan ante todo su propio beneficio.

Pero no podemos hablar con propiedad de eficiencia educativa. De la educación sólo podemos observar los resultados cuando las personas tienen que tomar decisiones y realizar actos de forma responsable, algo que legalmente sólo ocurre cuando llegan a la mayoría de edad y que en la vida se produce de forma gradual, hasta que llega un momento en que se es adulto y hay que tomarla, la Vida, por los cuernos. Y eso es algo que no se puede medir fácilmente, a veces ni siquiera uno mismo.

Incluso desde un punto de vista de eficiencia, la segregación educativa carece de sentido. Incluso considerando que la educación es una forma de preparación para la vida, lo cierto es que en la vida tenemos que convivir y lidiar con lo diferente. Haber sido criados en compartimentos estancos nos hace construir una representación de la sociedad en la que las diferencias marcan fronteras insalvables, nos enseña a tener miedo, envidia o desdén por el otro, a catalogar, a decidir que unos merecen derechos y beneficios que otros no pueden alcanzar, o que nosotros estamos confinados a un reducido abanico de posibilidades.

¿Esta sería una sociedad eficiente? Probablemente para una sociedad de castas, sí.

Por eso es tonto y malvado quien puede defender la segregación. Tonto, porque la segregación implica la renuncia al aprendizaje de la diferencia y la diversidad, de la solidaridad y de la compasión. Malvado, porque supone privar a las personas de esa riqueza, y porque supone educar personas incompletas, taradas, incapaces de sentirse con derecho a ser felices, a ser personas. Y el esfuerzo que tenemos que realizar para recuperarnos de esas carencias en enorme y coarta la plenitud de nuestra vida.

Como recordaba Ken Robinson, con la cantidad y gravedad de los retos que la Humanidad tiene que afrontar, es un inmenso error prescindir de la inteligencia de cualquiera para encontrar nuevas soluciones.

Es que los lentos frenan el aprendizaje de los listos.

El problema es justamente pensar que existe una forma estandarizada de educar, o que la educación consiste en transmitir un paquete estándar de conocimientos en un tiempo estándar. Entendemos la educación, como una cadena de montaje, cuyo objetivo es generar productos estandarizados. La materia prima que no encaja bien en esos patrones acaba siendo rechazada, o bien se trata de ajustaría a golpes, hasta que encaje o se rompa. Por supuesto, en ese modelo, todo lo que entorpezca la cadena es un estorbo.

La educación segregadora pretende que existan diversas cadenas de montaje, según las características de la materia prima, de modo que se puedan generar productos variados, con utilidades distintas. ¿Les suena “Un mundo feliz”? Pues eso mismo.

La educación se parece más al proceso de un artesano o de un artista. La materia prima ofrece unas posibilidades, más o menos diversas, pero el artesano intentará aprovecharías para sacar el máximo partido de ellas. Miguel Ángel, el escultor renacentista, decía algo así como que él se limitaba a liberar la forma que escondía en la piedra. Detectar esa forma en las personas y ayudarla a mostrarse es la tarea de la educación.

Es necesario replantearse la educación de raíz. La escuela, tal como la conocemos ahora, es un instrumento que nos lleva en la dirección equivocada. Necesitamos urgentemente liberar la educación de compartimentos arbitrarios. Tenemos que plantearnos temas como la agrupación por edades, la división en asignaturas y su jerarquía, los horarios, la obligatoriedad… Todo.

Tenemos que abrirnos a la agrupación por intereses, al trabajo estructurado en proyectos relevantes y significativos, que supongan un desafío y provoquen implicación, que tengan un valor real, liberarnos del lastre de los contenidos, sobre todo de los contenidos prefabricados, estar abiertos a otras formas de educar no escolares.

La escuela puede ser un lugar privilegiado para facilitar experiencias y estímulos que muchos aprendices tal vez no podrían lograr por sus propios medios, pero no nos podemos permitir ni debemos permitir que siga siendo el lugar al que se tiene que ir, sí o sí.

(Escrito en 2011)

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